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Donald Trump y la trampa del conflicto Israel e Irán o cuando la guerra mata el relato


Algunas cuestiones parecen ya inevitables en el formato de la nueva guerra que abisma a Oriente Medio y al mundo. Es improbable que el líder supremo iraní, el ayatollah Ali Khamenei, pueda escapar al mismo destino de su aliado, el histórico jefe del Hezbollah, Hassan Nasrallah, fulminado por las bombas de Israel el pasado septiembre en su escondite secreto de Beirut. También, parece inexorable el ingreso de EE.UU. a la guerra para atacar las bases nucleares subterráneas del régimen.

Si la guerra no se detiene, Donald Trump no tendrá opciones negociadoras para escapar de esta trampa. Israel no tiene intenciones de cesar el fuego y menos Irán. El involucramiento de EE.UU. causaría al menos dos efectos: una grieta sin precedentes en los cimientos de la popularidad de Donald Trump entre quienes lo elevaron al poder con la promesa de que no habría más guerras en el radar de EE.UU. El otro, la exposición de las fuerzas norteamericanas a un racimo peligroso de orgas pro iraníes en Irak, Siria, el Líbano o Yemen. Y el probable cierre del estrecho de Ormuz, que controla la potencia persa y por donde pasa a diario el 20% del petróleo y el 30% gas licuado que consume el planeta. Pavor en los mercados.

Para Trump, que mira con igual espanto el espectro de su país en Afganistán e Irak, configura la derrota para una narrativa ya astillada por su decisión de frenar con titubeos y ambigüedades la persecución de los migrantes indocumentados empleados en el campo. Los agricultores desesperan porque se quedan sin mano de obra. Pero las bases de su invento, MAGA, suman sorpresa y repudio por ese retroceso como el que ahora, con mayor furor, advierten con la guerra. ¿Miente Trump?

La supervivencia de la Revolución Islámica probablemente también entre en el terreno de lo inevitable. Los ayatollahs, aparte del fallido de haber supuesto que Trump podria controlar a Israel, confrontan una tensión social que filtra el nacionalismo que debería brotar en la circunstancia. Ese fenómeno explica los mensajes exagerados de Khamenei que le dice a su gente que “el mundo les tiene miedo” y al mismo tiempo libera las gestiones de su Cancillería para una negociación a la que todavía apuesta un Trump agónico.

Edificios dañados en el sitio donde impactó un misil disparado desde Irán  en Ramat Gan, Israel. Xinhua/Yossi  Edificios dañados en el sitio donde impactó un misil disparado desde Irán en Ramat Gan, Israel. Xinhua/Yossi

Khamenei sabe que su poderío militar se tornaría anémico frente a una alianza en el terreno entre Israel y EE.UU. En ese diseño, la dudosa unidad nacional del experimento iraní alcanza un peso más significativo. No es aventurado suponer a sectores del establishment iraní, un país capitalista a su modo, que observarían una oportunidad de cambio de régimen con esta crisis, que habilite el ingreso de inversiones como se lo intentó primero con Barack Obama y últimamente con Trump.

Deshacerse del régimen

El canje de un enfriamiento del programa nuclear por el alivio de las sanciones ha sido la clave de todo ese diálogo de años. Si hay algo en lo acierta Israel es en la noción de que una mayoría de los iraníes quiere deshacerse de la manda autoritaria e ineficiente de los ayatollahs.

No sabemos si Trump avaló el inicio de esta guerra mientras impulsaba las negociaciones o si fue apenas informado por el líder israelí Benjamín Netanyahu, del cual estaba distanciado por haber destruido la tregua en Gaza que el magnate exhibía como un oropel de su relato de pacificador global.

Quienen niegan esa desintonía afirman que una operación como la realizada en Irán, con una notoria infiltración de inteligencia, no es espntánea sino resultado de meses de cuidadosa preparación. Es cierto, pero el momento de la acción lo decide la política. Para Netanyahu, el ataque a un enemigo satanizado incluso por el mundo árabe, le sirve para escapar del aislamiento de su país por la brutalidad de la campaña en Gaza.

Este conflicto corre a un segundo plano los sucesos en la Franja y el destino del pueblo palestino. Ninguna negociación con Irán debería frustrar esos resultados, supone. La coyuntura no solo beneficia a la dirección política israelí. También la aprovecha Rusia para atacar furiosamente a Ucrania ante el apagón informativo sobre ese drama.

Trump supone con criterio que Irán demolido por las bombas, aun si no cae el régimen, accedería a deshacerse del uranio enriquecido base para fabricar bombas. El magnate alienta repetir el capítulo ruso de los acuerdos de Obama de 2015. Irán envió entonces a Moscú sus reservas de uranio. El compromiso del Kremlin consistía en suministrar el combustible nuclear a Irán para sus usinas enriquecido a solo 3,67%, eliminando así cualquier necesidad de que la potencia persa lo produjera localmente.

Salvo para Trump, sin embargo, Rusia ha perdido hoy las pocas cuotas de confianza con que contaba en aquellos años. Si Teherán es un proveedor permanente de armamento a Moscú para su guerra en Ucrania, qué garantías habría de un manejo prudente de este compromiso. Irán insiste que no busca la bomba y el líder supremo Khamenei fijo una fatwa que la prohíbe. Pero en el shiismo, la rama islámica predominante en Irán, existe una llave, la taqiyya, que acepta la mentira, grave pecado en el islam, si es el último recurso en situaciones de peligro. Un shiita puede decir que es sunnita si la urgencia de la circunstancia lo obliga. También, negar sin culpa el destino final de sus arsenales.

Donald Trump habla con als tropas en la base de  Al-Udeid  en Doha  AFP Donald Trump habla con als tropas en la base de Al-Udeid en Doha AFP

Cerca de la bomba

Recordemos que luego que Trump derribó el pacto con Obama, el régimen reactivó el programa nuclear enriqueciendo por encima del 60% cerca del 90%, nivel innecesario para usinas pero clave para un artefacto explosivo. Un error estratégico que, más allá de la amenaza inminente que arguye Israel, llevó a Irán a un callejón en el cual pueden esperar cualquier cosa, menos una victoria.

De todos modos, el régimen siempre ha apostado al conflicto para contener las tensiones internas con el espectro del enemigo externo. Fueron hábiles en absorber como propia la controversia palestina, muy distante de sus fronteras y de sus intereses originales. Pero ese capítulo se agotó aún antes de la agudización del conflicto con Israel.

Cuando se produjo la Revolución en 1979, en plena Guerra Fría y con apoyo inicial del por entonces extenso Partido Comunista del país, Irán tenía poco más de 30 millones de habitantes. Hoy, por impulso de los clérigos, supera los 90 millones sin que se haya previsto soluciones para los problemas de desocupación, inflación y desarrollo individual. Como en un círculo interminable de pesadillas, aquella rebelión había barrido con el patético y sangriento régimen del Sha Reza Pahlevi, colocado ahí por Gran Bretaña y EE.UU. y que hizo estropicios sociales con la población.

Este déspota fue la consecuencia de un golpe lanzado en 1953 por esas potencias contra el premier Mohammed Mosaddeq, un pragmático, quien en 1951 nacionalizó la Anglo-Persia Oil Coompany, o Anglo-Iranian Oíl Company, predecesora de la actual British Petroleum, para intentar aliviar una intensa agitación interna que intuía como el umbral de un brote extremista.

El líder supremo Alí Khamenei APEl líder supremo Alí Khamenei AP

Irán hervía por los privilegios que detentaban los extranjeros en un país empobrecido donde el agua faltaba, pero no en las piscinas de los gerentes de las petroleras. Tenía razón Mossaddeq. La CIA reconoció hace dos años el error “antidemocrático” de ese golpe. La instauración del Sha, tan despótico como extravagante, multiplicó las furias internas y un personaje de dudosa importancia en ese escenario, el ayatollah Rudollah Khomeini, se convirtió en el líder del cambio y produjo esta primera Revolución Islámica llevando al paredón a quien discutiera su pensamiento que, con el rostro petreo, proclamaba como la voz de Alá.

EE.UU. intentó derribar ese experimento con la guerra que lanzó en los ‘80 utilizando al dictador iraquí Saddam Hussein, un recurso sunnita de la estrategia secreta norteamericana en la región, al que abastecía de armas químicas para mantener a raya a la mayoría shiita del país. Por eso mismo el presidente George H. Bush padre, que fue jefe de la CIA y conocía de estos arreglos, no lo volteó en la primera guerra del Golfo, acción que sí comete su hijo con una visión, como ahora, un poco más simple, por decir lo menos, de las cuestiones geoestratégicas.

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